Ya nadie manda christmas por Navidad

Escrito por a las ene 2, 2018

Instituto de Medios Sociales. Esta Navidad me ha entrado una especie de morriña muy particular que nunca antes había sentido. Por primera vez en mi vida he echado de menos las postales de Navidad y no he podido resistirme a abrir el cajón del taquillón de la entrada de casa de mis padres y rebuscar hasta encontrar el lote de postales que allí se conservan. En realidad, no me resultó difícil localizarlas, puesto que son bastantes las que se almacenan y poca la capacidad del cajón, así que prácticamente es el cajón de las postales de Navidad.

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La mayoría están guardadas en el sobre en que se enviaron y que permanece casi intacto. No pude evitar oler algunas. Huelen a Navidad. Ni siquiera sé si existe el olor a Navidad, pero de haberlo ese sería su olor. Gran parte de ellas representan símbolos cristianos como el nacimiento de Jesús, los Reyes Magos o la estrella de Belén, pero hay varias con imágenes de Papá Noel, de paisajes o de conjuntos de regalos. Su tamaño también es dispar. Muchas no pasan de la octavilla, aunque se guardan varias que rondan el medio folio y cuyo cartón es más consistente y rígido. Entre estas últimas encontré tres o cuatro que al abrirlas suena música y que, lógicamente, todavía mantienen carga en la pila. Si su aspecto exterior es bastante uniforme, su contenido interior no lo es mucho menos. Desde la distancia en el tiempo y con otra cabeza diferente a cuando yo también las escribía y ni siquiera era un bachiller, me llamó poderosamente la atención la composición de los textos que llevaban años reposando en la oscuridad de aquel cajón. Su riguroso formalismo queda patente desde la primera línea, que es idéntica en todas las postales: queridos tíos y primo; queridos hermanos; queridos amigos. A ese saludo siguen uno o dos párrafos llenos de clementes deseos y copiadas formas retóricas poco creativas que parece surrealista que haya escrito la prima que se sienta a mi lado en la cena de Nochebuena. Un deseo de buen año y una firma sirven de despedida.

Mi prima ha cambiado tanto que parece haber olvidado por completo aquella especie de oración memorizada que copiaba a toda la familia y, ahora, nos envía por WhatsApp unos ciervos bebiendo champán y ataviados con un gorro rojo en los cuernos. Supongo que es la evolución del ‘cajón de las cosas’ al ‘Internet de las cosas’, pero estas cosas ni huelen ni ocupan cajones ni conservan las baterías cargadas veinte años después. Quizás estas cosas nunca nos provoquen morriña.

José Sixto García